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Alumneida: canto I

Luego de leer y estudiar la Odisea o la Ilíada, de Homero, uno ya no vuelve a ser el mismo. A algunos trastorna más, a otros, menos. En cuanto a mí, lo dejo a su juicio.

Aquí presento uno los frutos de mis lecturas de la épica homérica combinadas con la recurrente evasión del estudio: La Alumneida, las aventuras del Alumno en las islas de Panepistimio.

PD: los veros, he intentado, que sean de 16 sílabas para, de alguna manera, representar el hexámetro griego.



Menos mal que no soy diseñador de portadas de libros. 


Canto I

[Invocación]

Canto al caminar constante, a las innúmeras virtudes
de aquel Alumno de muchas lecturas desmesuradas
que cuales ríos de su mirada, ahora sabia y plena,
fluyen transformadas en lirios cencidos y fastuosos
que ningún mortal jamás ignorar podrá aunque quisiera.
Cuéntame, oh musa, no retengas en ti la digna historia
de este Alumno de venustas frentes y agraciados ojos,
pues cierto es que en su eterna ruta rosas no siempre halló,
antes, entre espinas y vientos borrascosos anduvo,
deseando, en bella obstinación, la libertad de espíritu. 
¡Ah, hija del cielo! Recuérdame las muchas caídas
y cómo levantábase siempre sin mirar atrás,
sin permitir que ni espina alguna o aguijón tortuoso
se hundiera en las profundidades de su convencimiento.
Diosa inmortal, abre tus labios para hablar de su vida.

[El duelo de la Apófasis]

Cuánta sangre derramada a las puertas de la ciudad
de Panepistimio[1] encuéntrase. Tantas almas inermes
tratando de adentrarse en la inmensa urbe del Gran Saber.
Pocos héroes entrado han a lo largo de las eras
y de entre ellos el virtuosísimo Alumno sobresale.
¡A cuántos ya morir había visto el divino Alumno
cuando cumplida su hora, marchóse firme a la batalla!
Marchóse firme, llevando la armadura de valor.
Empero, tras su gran coraza de valentía torva
hallábase un espíritu de áspera vacilación.
Debía transitar ahora un camino inexistente,
un sendero que jamás antes nadie había trazado,
pero que solo él podía dibujar en su destino.

Partió, pues, hacia la batalla de la Apófasis[2] solo,
con temor de acarrear deshonor sobre su familia,
temeroso de las voces y los sentimientos negros
que atormentaban el desasosiego de su pensar.
Toda ciencia, toda doctrina, todo conocimiento
había aprendido de los grandes sabios de su pueblo
tal como la costumbre indicaba que debía ser,
mas ahora todo parecía ya desvanecerse
raudamente ante la inminencia del comienzo del duelo.
El Alumno de aurifluo pensar, llegó pues a la Apófasis,
donde lo esperaba la horrible bestia que ha tantos hombres
quitado la vida había desde el origen de los tiempos.
La niebla cubría la arena como lo hace en el Hades,
y de entre las sombras surgió el temible Apofasicón.
El Alumno de aurifluo pensar, dijo a la bestia tosca:

—  ¡No he venido aquí para volver atrás, monstruo infernal!
¿Creerás acaso que soy cobarde, iluso y pueril?
Antes de mí otros hubo que te enfrentaron en batalla,
mas tú vencístelos con tus engaños y estratagemas.
Hoy he de pasar a la gran ciudad de Panepistimio,
y no serás tú ni tu ser oscuro quien me lo impida.

Dijo, y el Apofasicón de negras dudas repuso:

— ¡Llenas mis labios de áspera risa, mortal indeciso!
¿Cuántos de los antes que tú, que han venido a reclamar,
con altivez y pretensión, con gran temor y pavor,
ves en estas tierras disfrutar de su vida plena?
No te engañes mortal, tu poder aquí no surte efecto;
ni los dioses ni la Polis velan por ti, hombre inerme.
¡Vuelve a tus confines, allí donde la hierba se seca,
donde el poder es la fuerza y las mentes no sobreviven!
¡Vuelve a los tus campos decorados de ignorancia y de vicio!
¿Cuándo entenderéis los hombres que ni dignos ni capaces
sois de entrar a estas tierras de elevada sabiduría?

Así dijo, y el Alumno de voces claras, repuso: 

— Aunque sin luz nos hayáis creído tú y tus ejércitos,
demostraré a los dioses, a la Polis y a todo el Cosmos
que digno y capaz soy de entrar a estas grandes tierras nobles.

El Apofasicón de negras dudas echó a reír,
empero el gran Alumno su rostro mantuvo impacible;
y desenvainando su refulgente espada sin nombre,
atacó al irascible Apofasicón que, en su perdida
 carcajada, derrotado fue por el agudo Alumno.
Halláronse, los dioses, la Polis y el Cosmos entero
en completo asombro de silencio y de admiración.

Panepistimio a otro extranjero ahora recibía;
el Alumno de bellas esperanzas alzose firme
ante su primera victoria y guardaba en su espíritu
las primeras experiencias de las muchas de su viaje.



[1] Del griego moderno πανεπιστήμιο, ‘universidad’.
[2] Del griego moderno απόφαση y este del antiguo ἀπόφασις, ‘decisión’. 

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